Hay una paradoja que se repite en casi todos los supermercados del mundo: la bolsa de papas fritas cuesta menos que la bolsa de nueces. La pizza congelada compite y gana contra el salmón fresco. No es casualidad. Es diseño.
Comer bien, en el sistema alimentario global tal como está construido hoy, tiene un costo adicional que no todos pueden pagar. El primer paso es saber por qué.
La brecha que mide Harvard
En 2013, investigadores de la Escuela de Salud Pública de Harvard publicaron el estudio más exhaustivo hasta entonces sobre la diferencia de precio entre dietas saludables y no saludables. Su conclusión fue contundente y sencilla: seguir una dieta saludable cuesta aproximadamente 1.50 dólares más por día que una dieta poco nutritiva. Puede sonar un poco. Pero multiplicado por una familia de cuatro personas durante un año, son más de 2,000 dólares adicionales al año solo para comer mejor. Para millones de hogares en el mundo, eso no es una decisión de hábitos: es una decisión imposible.
Una encuesta en Estados Unidos realizada en 2022 encontró que casi la mitad de los encuestados, el 46% señaló que el alto costo percibido de los alimentos saludables era su principal barrera para mejorar su dieta. No la falta de información. No la falta de voluntad. El precio.
Entonces, ¿cómo se mide el costo de un alimento? Por medio del acceso físico, tiempo de preparación y conocimiento nutrimental.
Las razones por qué cuestan más los alimentos saludables:
- Costos de producción. La agricultura orgánica necesita más mano de obra, tiene rendimientos más bajos por hectárea y enfrentan mayores pérdidas por plagas.
- Subsidios que favorece lo ultraprocesado: En muchos países, los sistemas de subsidios agrícolas históricamente han favorecido a los cultivos de maíz, soya, trigo que son la materia prima de los alimentos ultraprocesados. Esto abarata artificialmente ingredientes como el jarabe de maíz de alta fructosa, los aceites vegetales refinados y las harinas ultraprocesadas. Esto sin desarrollar otros temas como el maíz transgénico en México.
- Cadenas de distribución más cortas y menos eficientes. Los productos frescos tienen vida útil limitada, requieren refrigeración, se desperdician más en tránsito. Esos costos llegan al precio final. Un producto ultraprocesado con conservadores puede viajar miles kilómetros sin problemas y durar meses en el anaquel.
- El “premium de salud” como estrategia de marketing. El sobreprecio de los alimentos saludables no refleja costos reales, sino posicionamiento de mercado. “Orgánico”, “natural”, “sin gluten”, “keto-friendly” son sellos que muchas marcas usan para cobrar más a consumidores dispuestos a pagar. No siempre hay una diferencia nutricional que justifique ese diferencial de precio.
¿Quién lidera este mercado? Whole Foods Market, propiedad de Amazon, con más del 15% del mercado orgánico en 2024. Y detrás de las marcas “naturales” y “saludables” que llenan esos pasillos están, en muchos casos, los mismos gigantes de siempre: Nestlé, Danone y General Mills dominan el segmento a través de subsidiarias y adquisiciones estratégicas.
El consumidor que paga el premium de “saludable” muchas veces está financiando las mismas corporaciones que también venden ultraprocesados. El “wellness” se ha convertido en uno de los mercados más rentables del mundo precisamente porque la demanda existe pero la oferta está concentrada.
Esto no significa que todos los productos saludables sean una trampa de marketing. Significa que el sistema no está diseñado para democratizar el acceso a la buena alimentación
¿Qué puede cambiar? La respuesta no es simple, pero los elementos de una solución ya existen en distintos lugares del mundo:
Políticas de subsidio más inteligentes. Redirigir parte de los subsidios agrícolas hacia frutas, verduras y proteínas de calidad haría descender sus precios estructuralmente.
Incentivos de precio a nivel minorista. Un metaanálisis publicado en 2024 en The Lancet Planetary Health confirmó que las reducciones de precio en frutas y verduras aumentan de manera consistente su consumo. Los precios importan más que las campañas de educación nutricional cuando el presupuesto es limitado.
Infraestructura alimentaria en comunidades marginadas. Llevar supermercados y mercados de productores a zonas sin acceso no resuelve todo por sí solo, pero es condición necesaria.
Transparencia en el “premium de salud”. Regular qué puede llamarse “saludable” en el etiquetado evitaría que el marketing capture la demanda sin ofrecer valor nutricional real.
Para cerrar el precio de comer bien no es un accidente del mercado. Es el resultado de décadas de decisiones políticas, inversiones corporativas y estructuras de subsidio que favorecieron la producción de calorías baratas sobre la producción de nutrición accesible. Cambiar eso requiere algo más que buenas intenciones individuales. Entender por qué comer sano cuesta más, es una forma de comprender cómo funciona nuestra sociedad.
Porque detrás de cada alimento hay mucho más que calorías: hay decisiones económicas, políticas y culturales que determinan quién puede acceder a él.
Fuentes: Harvard School of Public Health; International Food Information Council Food & Health Survey 2024; Organic Trade Association 2024; USDA Food Access Research Atlas 2025; The Lancet Planetary Health, 2024; Global Market Insights, Organic Food Market Report 2024.
Este artículo es de carácter informativo y periodístico. Los datos citados corresponden a estudios y reportes de mercado públicamente disponibles.